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Un tonto de capirote (2007) - 1er. Premio en el "VII Certamen cultural de Jóvenes Artistas" Cáceres 
7th-Nov-2007 07:28 pm
[CarPa] Sometimes We Fall
Mientras todo el mundo, hoy, hablaba de ellos, en los periódicos, las revistas, en la televisión e incluso en el cine, él sabía con la seguridad que le confería ser un experto en la materia que mañana, de quien hablarían sería de él. Estaban en todas partes. A todas horas. De hecho, él mismo había desayunado con ellos por la mañana. No con ellos en persona, por supuesto. No habría soportado mirarles a la cara después de todo. Sino con ellos en la portada de la revista más prestigiosa del momento, la Billboard Magazine.</div>
Se llamaba Dick Rowe, le había sentado mal el desayuno y, en su epitafio, con letras profundamente grabadas en el mármol, pondría “y rechazó la primera maqueta de los Beatles.”
¿Qué le iba a hacer si era un tonto de capirote? Ya se lo decía su madre desde pequeño, cuando le peinaba delante del espejo antes de ir al colegio: “Ponte recto, mete las manos en los bolsillos y no digas nada, nunca digas nada, que luego te parecerás a tu padre y ya sabes que tu padre nunca dice nada bueno y no es más que un tonto de capirote.”
Y él, como buen hijo, con pantalones cortos, calcetines hasta la rodilla, la raya al medio y el pelo engrasado, le hacía caso cuando salía por la puerta cada mañana con la cartera de cuero tras la espalda, y se sentaba en el último pupitre de su colegio de barrio obrero sin abrir la boca. Porque uno siempre les hacía caso a las madres, y la suya era de la opinión de que cuanto menos se le viera, mucho mejor.
Por el contrario, a su padre le encantaba ser el centro de atención y como siempre se esforzaba en repetirle ella, mientras le alisaba las solapas del uniforme y se empeñaba en vencer la fuerza gravitatoria del remolino que se levantaba ufano en su coronilla, sólo había que ver hasta dónde había llegado (era deshollinador y ya no había chimeneas en Londres), para comprobar de qué le había servido abrir la boca cada vez que tenía ocasión y decir lo que opinaba, incluso cuando no opinaba nada.
Dick era un buen hijo y, como tal, soportaba como podía (la primera palabra que buscó en el diccionario fue “estoicismo”, después de habérsela escuchado a su abuela una tarde, mientras hablaba de él tomando el té en la salita rosa) las diferencias dialécticas que, día sí, día también, se establecían entre sus padres. La una, que no hablara. El otro, que hablara siempre y en todo lugar. La una, que no se le ocurriera salirse de la fila. El otro, que ni entrara en ella. La una, que le hiciera caso. El otro, que no se lo hiciera a nadie.
El pobre Dick no sabía a qué atenerse, vapuleado como una pelota de ping-pong en medio de un campo en el que él era premio y arma arrojadiza, y respondía de la única manera en que podía responder: No haciendo nada o, mejor dicho, dejándoselo hacer todo.
Tenía nueve años la primera vez que se desvió del camino marcado por su madre. En su asiento de la fila de atrás miraba al infinito, asentía cuando los demás asentían y negaba cuando todos lo hacían. La profesora, con su falda a cuadros escoceses y su chaqueta de pata de gallo, cantaba loores y vítores al anteriormente conocido Gran Imperio Británico.
Nadie lo había notado salvo él. Que fuera el único en hacerlo no era algo sorprendente. Al fin y al cabo, estaba tan acostumbrado a ver, oír y callar que se daba cuenta de todo. Miraba al frente con expectación mientras notaba cómo se le aceleraba el corazón y se le agudizaban los sentidos. Eso también era normal. Años más tarde lo conocería como el Momento del Conflicto.
Normalmente comenzaba con un episodio de sudoración extrema. Sentía cómo le comenzaba a sobrar la ropa y cómo la humedad se apoderaba de todo su cuerpo, cosa que le hacía sentir realmente incómodo. Él intentaba controlarla como podía (la incomodidad, de la sudoración ni se encargaba. Sabía que su control estaba más allá de sus posibilidades) y se retorcía en su asiento con su aprendida flema británica, mientras intentaba disimular los molestos espasmos que más adelante le llevarían hacia el nefasto y difícil camino de todos aquellos a los que les pusieron un mote durante la infancia. El suyo fue Tic y, según le comentó su madre al autor de estas memorias varios años después, ella pensaba que estaba muy bien elegido.
El segundo paso del Momento del Conflicto era la hiperventilación. En aquellos años, él ni siquiera sabía que existía un nombre tal para aquello que le pasaba en los pulmones, pero estaba seguro de que, de haberlo tenido, seguramente fuera uno tan largo y difícil de pronunciar como el que, al final, había acabado teniendo. Sentía que sus pulmones se arrugaban como papel mojado y que no dejaban pasar el aire. O que pasaban demasiado. No estaba seguro. Lo único que sabía era que él no podía respirar. Que junto a los aspavientos que hacía con los brazos, su pecho se hinchaba y se deshinchaba con la velocidad del traqueteo del tren rumbo a Manchester, que sus labios se fruncían en un enfado perpetuo y que él, seguramente, fuera a morirse de un momento a otro. No era real (la sensación de muerte, no la hiperventilación). Su padre se lo dijo un día bajo una chimenea, durante un momento incómodo de confesiones padre e hijo, pero Dick nunca le creyó. Al fin y al cabo, su padre era un tonto de capirote, como le decía siempre su madre.
Finalmente, el Momento del Conflicto terminaba con una tercera fase. La imprevisible, la sorpresiva, la inverosímil, la que, en definitiva, acabaría llevando a Dick hacia la hecatombe. Cuando el Momento del Conflicto comenzaba, Dick estaba condenado a sufrirlo y no sabría sus consecuencias hasta el final.
Aquella vez no las sabía tampoco. No era experto en sufrirlo todavía, ni siquiera estaba seguro de lo que su cuerpo estaba experimentando. Sólo era consciente de que sudaba como un pollo albino de los que criaban en la India durante la época del Imperio, de que los pantalones de espiga le picaban como nada que hubiera conocido antes, que sus bronquios roncaban como su padre por las noches, y de que a la profesora se le estaba a punto de caer la estantería encima.
Ahí era nada.
Dick notó, físicamente sintió, cómo se le encogía el corazón, cómo su cerebro estallaba en mil pedazos y cómo su voz resonaba por toda la clase. Se levantó, tiró incluso los cuadernos y el tintero de la mesa en el proceso (también se manchó de tinta y su madre tuvo aquel día dos motivos para darle un azote: la mancha y la desobediencia), se sujetó al pupitre con toda la fuerza de la que era capaz y gritó. Gritó como nunca lo había hecho:
¾¡Profesora, la estantería!
Tres palabras. Fueron tan sólo tres palabras, pero esas tres palabras le cambiaron la vida. Se había salido de la línea, había desobedecido a su madre y ya no volvería a ser el mismo. Él lo sabía, estaba seguro, no cabía duda. Lo entrevió cuando la estantería cayó a la derecha de la profesora, apenas sin rozarle, con un estruendo digno de las campanadas del Big Ben a las doce. Lo intuyó cuando la profesora, con lágrimas en los ojos, caminó dando zancadas hasta la última fila, hacia él, y le cogió en brazos agradeciéndole que le hubiera salvado la vida. Y fue plenamente consciente de ello cuando, entre vítores, sus compañeros de clase le alzaron mientras salían del aula agradeciéndole no que hubiera salvado a la profesora sino que, gracias a él, les habían dado el resto del día libre y podían salir a jugar al patio de recreo.
Aquella noche no le importó dormir con la marca de la mano de su madre en el trasero. Este niño nos ha salido a su padre. Aquella noche no le importó haber sido castigado sin postre. Los niños que no obedecen a su madre, no se lo merecen. Aquella noche no le importó tener que hacer los deberes. Seguro que mañana hasta saldrá voluntario a decirle la lección a la profesora. Aquella noche no le importó básicamente nada porque su vida había cambiado. Lo que contaba era el mañana.
Después de aquello, en la vida de Dick puede decirse que ha habido tres grandes Momentos del Conflicto. El primero de ellos no llegó hasta la secundaria. Tenía quince años y las hormonas se habían apoderado tanto de su cuerpo como de su mente. Por eso, quizá, no lo vio venir. Días después se recordó a sí mismo sudando, hiperventilando y besando a Sally Anne Perks sin decirle hola siquiera, a la salida de clase, en el camino de vuelta a casa, tras apostar una libra a que lo hacía. Definitivamente, aquél había sido otro Momento del Conflicto y, de nuevo, había cambiado su vida.
Meses más tarde, su equipo de fútbol, los Country Owls, empataba con el equipo de la escuela vecina y quedaba un minuto de partido. Tampoco lo vio venir, estaba demasiado concentrado dándole patadas al balón. Levantó la vista y allí estaba: La portería. Desprotegida. Sola. Aumentó la velocidad y, con mucha intención, lanzó el balón a sus entrañas. No hacía falta analizar lo que estaba sintiendo. Estaba seguro. Era otro de sus momentos y acababa de meter el gol de la victoria. Él era Dick Rowe, señoras y señores, y además, el héroe de la jornada.
Sin embargo, no fue hasta el tercer gran Momento del Conflicto cuando su vida quedó profundamente marcada. Trabajaba como asistente de producción en una importante compañía discográfica londinense y era un hombre de éxito. Por aquel entonces pensaba que tenía un don, que era un privilegiado que tenía algo de lo que los demás carecían.
Con el paso del tiempo, había aprendido a controlarlo. Cerraba los ojos, se concentraba, y comenzaba uno de sus momentos. Atrás habían quedado los sermones de su madre. Que si aquella costumbre suya le iba a traer dolores de cabeza, que si no intentara imitar a su padre nunca más; que tuviera en cuenta qué le había pasado cuando se le cayó aquella teja encima y le mató, que seguramente le pasó por estar hablando de tonterías y no concentrado en lo que ocurría a su alrededor; que si era mejor hacer lo que los demás decían, que echara un vistazo a lo bien que le había ido a ella, que tenía de todo gracias al seguro de defunción de su padre…
Él la escuchaba con atención. Después de todo, era su madre y habían sido muchos años escuchando; por mucho que ahora siguiera sus instintos, no dudaba de lo bien intencionadas que eran sus palabras. Sin embargo, una cosa era escuchar y asentir (que era lo que ella le decía que hiciera) y otra muy diferente llevarlo a la práctica. Era Dick Rowe, asistente musical, un experto en reconocer el talento. Sólo había que remitirse a las pruebas.
Aquel día había ido a trabajar como cualquier otro. Se sentó en la mesa de su despacho, se sirvió un té, cruzó los dedos de ambas manos en actitud relajada, cerró los ojos, dio un sorbo de la taza, respiró profundamente, escuchó cómo lo hacía y supo que estaba preparado. Llamó a su ayudante y le indicó que le entregara el material para las audiciones. Él las puso encima de la mesa. Como en un ritual, Dick abría los paquetes de papel de estraza en los que cada cinta estaba envuelta y las miraba con atención, colocándolas en fila sobre la mesa, eligiendo cuidadosamente el orden en el que las escucharía. A veces las organizaba de forma alfabética. Otras, simplemente lo hacía dependiendo de cómo le habían llegado. No importaba el cómo, lo realmente importante era que lo hiciera. Formaba parte de su Momento. Una vez que se sentía preparado, introducía la primera en el reproductor y pulsaba el botón. A continuación, la cinta comenzaba a sonar.
Escuchaba con los ojos cerrados, concentrado, bebiendo té, atento a cualquier señal de su cuerpo que le indicara que estaba en uno de sus momentos, consciente de que, con sus palabras, podría cambiar muchas cosas.
Y lo hizo, efectivamente, aquel día lo hizo.
Cuando terminó de escuchar la primera, comenzó a sudar. No le importaba, ya conocía aquello. Después, mientras la escuchaba por segunda vez, su respiración se entrecortó. Estaba yendo, estaba en el camino. Finalmente, la obtuvo; aquella impresión de plenitud que tiene el que cree saberlo todo. Ya estaba, se había decidido. Había tenido su Momento. Levantó el teléfono y sus palabras fueron claras cuando le habló a su ayudante:
¾Los grupos de guitarra están ya pasados de moda, señor Epstein.
Meses más tarde, aquella cinta rechazada se convirtió en el fenómeno musical más importante del siglo veinte y Dick Rowe miró estupefacto la portada de la revista que lo confirmaba. Era por la mañana, había desayunado tostadas con jalea real y un zumo de naranja, pero su estómago se negaba a aceptarlo. Llamó por teléfono a su madre. Seguramente, en este momento de emergencia, ella tendría alguna solución que le hiciera salir airoso. Si es que ya se lo decía ella, era mucho mejor no pasar a la historia de ninguna manera que ser recordado como un tonto de capirote. Tendría que haberle hecho caso: Pensar estaba sobreestimado.


© Fernando Alcalá Suárez
Relato ganador del primer premio del VII Certamen Cultural Jóvenes Artistas - Cáceres IMJ

Comentarios 
7th-Nov-2007 07:01 pm (UTC)
Muy original, me encanta :)

No me extraña que te hayan dado el premio, desde luego lo merece.
7th-Nov-2007 08:22 pm (UTC)
Diox, es ver plasmadas en palabras una historia que llevo relatando para cachondearme de ese pobre hombre desde hace mil xDDDDDDDDDDDDDDDDD

Te doy mi más sincera enhorabuena como fanenferma que soy. Y ya sabes que eso vale mucho xDDDDD

*achucha mil!!! :*
11th-Nov-2007 11:00 am (UTC)
Anónimo
Felicidades por el premio: sin duda lo merece.
Aparte de eso, a esta beatlemaníaca le ha encantado.
¡Pobre Dick!
Un besote,
Leo
16th-Nov-2007 10:13 am (UTC)
Anónimo
Enhorabuena por el premio. Me gustó mucho la historia, de principio a fin. Original y muy bien escrita. Con tu permiso voy a curiosear un poco por aquí.

Un abrazo,
Tawaki
http://tawaki.blogspot.com/
21st-Nov-2007 08:09 am (UTC) - Me ha encantado
Anónimo
Fernando:

Me ha encantado tu cuento Fernando. Lo he leído esta mañana con el café y me han encantado los momentos y sobre todo el final. Enhorabuena.
21st-Nov-2007 08:11 am (UTC) - La de antes soy yo
Anónimo
La del comentario de antes soy yo Carmen F. Etreros. Por cierto, ¿te importa que lo recomiende en mi blog?

Un abrazo.

http://ununiversodecosaminimas.blogspot.com
23rd-Jan-2008 04:12 pm (UTC)
vas como una bala imparable :D

¡Enhorabuena!
20th-Feb-2008 08:02 pm (UTC)
Otro que no me extraña que ganases. Qué bien llevado, y la idea tan original... El final es buenísimo. Y pensar que quitando ese Bella/Sirius no había leído nada tuyo *se azota* XD
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