?

Log in

No account? Create an account
Para leer al atardecer
Cuando lo hayas encontrado, anótalo
Últimas entradas 
17th-Oct-2008 01:31 pm - Como monos (2008)
[FFXII] Rogue Tomato yeah!
Dicen que el programa de televisión que será la próxima sensación de la temporada es un nuevo concepto de reality show en el que los participantes tienen que comportarse como monos. Los concursantes han de vivir en la selva durante un tiempo indeterminado, retroceder unos cuantos años en la evolución más teatrera de la historia y alimentarse, lavarse, comunicarse (¿y aparearse?) como si fueran nuestros primos los primates.

Cuando me enteré me escandalicé pensando en qué ocurriría cuando mis alumnos se pasaran las noches viendo tal programa, ya que, según cuentan, imitan todo lo que ven. ¿Tendríamos los profesores que ponernos a su altura? ¿Tendríamos que aprender el lenguaje gorila para poder comunicarnos con ellos?

Pero lo que ocurrió después fue que mi escándalo fue disminuyendo cuando me fui a hacer la compra y tuve que pelearme con una señora porque se había saltado el turno. O cuando fui a tomarme unas cañas y, en la barra, todos pedíamos al mismo tiempo y el camarero lanzaba las consumiciones desafiando a la gravedad y al equilibrio mientras por detrás se berreaban los coros que animaban al equipo local del partido que estaban retransmitiendo por la televisión. O lo que pasó igualmente a la altura de la farmacia de Moctezuma, cuando intentábamos entrar en el garaje y no podíamos porque había delante de la puerta, en medio de la calle, sin exagerar, un millón de coches que nos impedían el paso y que nos deleitaban con su agradable gorjeo.

Por la noche, cuando me acosté, ya lo hice mucho más tranquilo. Resulta que ya habíamos involucionado y yo no me había dado cuenta. Desde luego que se es mucho más feliz siendo un poco animal que teniendo algo de conciencia.

© Fernando Alcalá Suárez
Publicado en el periódico Extremadura (17.10.2008)

 

13th-Oct-2008 12:42 pm - Inaguantable 2 (2008)
[ATS] Estoy borracho ¿y qué?

Es que es verdad, claro, cómo no se me había ocurrido antes que lo que a ti te pasaba era que te estabas vengando bueno no tú ella siempre ella porque claro que se iba a creer que yo no iba a pensar que me regaló el bonsái para vengarse de mí y que me desesperara por lo mala que era porque mira que es mala mala y remala que ya lo sabía yo, desde el primer día, desde el primer día lo sabía yo que era un pájaro de mal agüero. Es que eso era una pájara una pájara de mil demonios y de mucho cuidado y de mírate y no te menees y todo lo que tú quieras contarme porque tú estás ahí porque ella te ha traido a mi casa y a lo mejor tienes una cámara y todo que me espía o algo por el estilo porque eso es muy del estilo de ella que ella no repara en gastos como cuando se compró aquel vestido carísimo e hizo que todo el mundo la mirara porque el mundo es tonto, ¿sabes? Más tonto que pichote que decía mi abuelo, que ese sí que era buena gente, mi abuelo, buena gente de esa que te encuentras poca por la vida, que un día vio a un pobre por la calle y le invitó a cenar y todo, a un pobre, mi abuela se puso hecha un basilisco pero le dio igualmente la sopa de papas con leche porque era lo único que tenían y había que hacer la buena acción del día que mi abuelo era muy dado a eso y mi abuela la pobre pues tenía que bailarle el agua porque esos eran los tiempos que digo yo que qué tiempos, que si estuviéramos en esos tiempos no estaría yo aquí hablándote ahora porque seguramente ni se me habría pasado por la cabeza, fíjate tú lo que hemos cambiado, tú y yo y todos, pero más tú, porque mírate ahí todo seco y viejo y sin haber crecido un poquito, ni un poquititín de nada, que hay que ver qué bajos sois los bonsáis que seguramente ha sido ella, que es así de mala, que sabe que a mí me gustan los tipos altos y por eso ella se quedó con Juan y te ha mandado a ti para reírse de mí a mi costa en mi propia casa, que digo yo que bien podría ella preocuparse de sus cosas y arreglar la suya, narices, que está muy claro que la mía es más bonita, que tengo las cortinas a juego con el sofá que, por cierto, hice limpiar el otro día porque una es muy limpia, muy requetelimpia se lo hace limpiar una vez al mes y si pudiera dos veces por semana no como ella que es una guarra una guarra que no limpia los cristales ni nada y yo sí, que mira qué cristales, menudos cristales que si te acercas te das un coscorrón porque no se ve que están, que mira qué cristales, que los limpio con Alcohol y limón, que es lo que usaba mi madre para limpiarlos, que yo siempre le hice caso a mi madre, que era una santa. No como ella que es una guarra.

© Fernando Alcalá Suárez

25th-Sep-2008 07:12 pm - "Hora cuatro" (Equilátero, 2008)
[Equilátero] Triángulo

Hora cuatro
October
And the trees are stripped bare
Of all they wear
What do I care
October
And Kingdoms rise
And Kingdoms fall
But you go on...
...and on...
U2 – October, 1981
—Déjame ayudarte.
—No te necesito.
—No habrías conseguido la dirección sin mí. Y lo sabes. Quiero ayudarte. Déjame hacerlo.
—¿Por qué?
—Llevo siete años dando vueltas, huyendo, tratando de evitar todo lo que me recuerde ese día. Estoy cansada. No puedo más. Por eso vine, porque quería cerrar el círculo. Llevo siete años pensando que había muerto por mi culpa. Quiero que esto termine. Acabar con la… culpabilidad. ¿Es que tú no te sientes culpable? ¿No has revivido una y mil veces esa escena en la cabeza? Porque yo sí, todos los días.
—No ha habido un solo día que no piense que soy culpable.
—¿Lo ves? Tú también..
—Desde que me levanto hasta que me acuesto. He recorrido Europa, Asia, la mitad de América, no he hecho nada de lo que tenía planeado hacer y hasta que no recibí el libro no supe por qué.
—Estabas huyendo.
—Podría decirse así.
—Déjame ayudarte entonces. Por favor. Encontrémosle juntos. Necesito hacerlo, necesito saber que no fui culpable, verle con mis propios ojos, que tuvo una vida.
—¿Una vida? Tiene gracia que seas tú la que diga eso. Él te quería. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí.
—Te quería y tú le dejaste allí tirado.
—¡Pensaba que estaba muerto! Por el amor de dios, tenía diecisiete años, estaba asustada. Creía… creía que me iban a echar la culpa, que podría acabar en la cárcel, que…
—Le abandonaste.
—¡Tú también!
—Ya lo sé. Ya te lo he dicho. Te he dicho que soy culpable. Pero era a ti a quien quería.
—A ti también te quería. Tú también eras importante y…
—No de la misma manera. Yo…
—¿Tú… le querías? ¿Estabas enamorado de él?
—¿Vienes o no?


© Fernando Alcalá Suárez
Fragmento de la novela Equilátero (Beca a la creación literaria, 2008)

24th-Sep-2008 05:44 pm - Inaguantable (2008)
[CarPa] Y ahora qué?

Te lo dije. Mira que te lo dije. Que me iba a acabar cansando, que iba a dejar de hacerte caso. Pero tú, nada, como si no me escucharas ahí plantado como un pasmarote sin dignarte siquiera a responderme de alguna manera. ¡Qué se yo! Cualquier cosa, hombre, tampoco es que fuera tan exigente, ¿no? Que me hicieras caso, eso era lo único que quería, porque una es culta, ¿sabes? Que ha leído libros, que no soy tonta. Que en los libros decía que tenía que hablarte, que tenía que decirte cosas. Y yo como una tonta pues iba y lo hacía. Todos los días, ¿eh? Que lo sabes bien, pero que muy bien, que no he faltado a mi cita ni una sola vez. Pues buena soy yo manteniendo mis compromisos. No como tú, cabrón de mierda, que no has hecho una sola cosa de las que te he pedido. ¡Bueno! ¡Una sola cosa! Como si encima yo te pidiera mucho, que solo te pedía una cosa, ¿eh? Una, unita, solo una cosita. Y ni eso, ni eso me has podido dar. Hay que ser egoísta. Yo que lo hacía con todo mi cariño y comprensión, sabiendo que tenías limitaciones, que no podrías llegar a ser como a mí me hubiera gustado que fueras. ¿Qué le íbamos a hacer? Eras así y yo me conformaba, eras mío y tenía que quererte de esa manera. Aun así yo, dale que dale, p’alante p’alante, p’arriba p’arriba, intentándolo, obligándome a no desesperar, hablándote cada día con una sonrisa, de este lado, del otro, arreglándote un poquito, para que te vieras bien, diciéndote lo guapo que estabas, lo bien que te veías, intentando animarte cuando estabas mustio, diciéndote lo guapo que estabas el día que parecías más grandote y más fuerte y más de todo, brillante. Pero tú ni me lo valorabas, no me hacías ni una gracia. Ni una sola. Y es que una se cansa, se cansa de todas estas cosas, de leer libros, de hablarte, de seguir las normas, de cumplir mis citas y cuidarte, por eso no entiendo qué ha pasado, qué es lo que he hecho mal para que te hayas quedado así, como sin vida. Porque yo lo he hecho todo bien, todo, todito, que lo he vuelto a leer ahora mismo y no he hecho ni una sola cosa mal, así que tienes que haber sido tú, que estás defectuoso, que no has sabido hacerme caso, que te ha dado la gana de quedarte así e irte muriendo poco a poco, sin decirme nada, sin avisarme, sin darme, yo qué sé, una señal, un aviso. No, porque tú tenías que ser así siempre, erre que erre, en tu línea, sin decir una sola palabra. Así que ¿sabes qué te digo? Que te está bien empleado, que es mejor que sea así, para ti, para mí, para los dos. Porque ¿sabes una cosa? Yo ya estaba cansada, mucho, no te lo decía porque en los libros decía que tenía que ser agradable, que tenía que hablarte bien, ser positiva. Por eso me alegro, porque ahora ya he estallado y me cago en tus muertos. Porque es que ahora te va a regar Rita la Cantaora, te va a hablar tu tía, y te va a pedir que crezcas la virgen del pincho, porque por mí has muerto, ¿sabes? Que no lo hago un día más, que desconecto, que por mí que te quedes ahí y te pudras, bonsái de mierda. Que no se puede ser buena en esta vida.

© Fernando Alcalá Suárez

12th-Sep-2008 11:58 am - la voz de la discordia (2008)
[ASOIAF] Drogon
 
Comprendo perfectamente que estos días que celebramos, por decirlo de alguna manera, el “nacimiento” de nuestra comunidad autónoma, se escuchen loores y vítores a la comunidad a la que pertenecemos a lo largo y ancho de los cuatro puntos cardinales. Lo comprendo perfectamente, pero creo que se nos escapa algo.
 
            Se ha premiado este año a correctísimos embajadores de Extremadura, pero yo, que no creo en que algo tan arbitrario como el lugar de nacimiento o el lugar de residencia nos hagan merecedores de algo, he echado en falta un premio al mejor crítico.
 
            Tenemos los extremeños un conformismo atávico, un miedo sutil e inconsciente a lo “extranjero” y a todo lo nuevo que, muchas veces (la mayoría de las veces, de hecho) nos deja parados en el sitio sin que hagamos nada por cambiar lo que nos rodea. Porque, sí, señoras y señores, a Extremadura le falta mucho para ponerse a la altura del siglo XXI. Nos faltan multitud de infraestructuras, hay una evidente diferencia entre las provincias de Cáceres y Badajoz en cuanto a muchos aspectos, aspectos tangibles a diario. No hay suficientes iniciativas privadas y los jóvenes tenemos que escapar (y de hecho, muchos lo sentimos así) de esta tierra que no nos ofrece nada más que desempleo o unas listas para el empleo público colapsadas por interinos que también tienen todo el derecho a estar donde estar pero que no solucionan nuestra situación.
 
Las iniciativas culturales son escasas y poco promocionadas, centradas en dorarle la píldora a unos pocos subvencionados que poco o nada hacen y siempre hablan de lo mismo. El ocio nocturno se centra en el debate a favor y en contra del botellón sin fijarnos en que la seguridad brilla por su ausencia en muchos locales, en que la droga (aunque algunos prefieran mirar para otro lado) se mueve por estas tierras del oeste de la península de la misma manera en que se mueven por el resto de comunidades; de que precisamente el debate se centra en la postura ante el botellón porque no hay una alternativa fuerte y coherente al ocio nocturno, tan preocupados que están los que se encargan de decidirla y ponerla a flote en arañar más o menos votos a través de lo políticamente correcto, cosa que tanto se estila en esta comunidad autónoma donde nos conocemos todos y preferimos parecerlo antes que serlo por miedo al qué dirán.
 
            Nos encanta hablar de nosotros mismos en literatura, darle vueltas una y otra vez al mismo tema sin darnos cuenta de que, para poder hablar de nosotros con total y absoluta certeza de lo que estamos diciendo nos falta -nos falta mucho, de hecho- mirar hacia fuera y compararnos para mejorar. Nadie es perfecto y, aunque suene a cliché, es algo cierto. Pero sí que hay cosas mejores que las que se encuentran aquí y son en esas cosas, en ese modo diferente de hacer las cosas en las que tenemos que fijarnos. Hay que mirarse menos el ombligo y aceptar las críticas. Nos falta mucho para alcanzar una autonomía propia, nos falta aceptar las críticas sin apedrear al crítico, nos falta abrirnos, nos falta comprender el concepto de progreso y dejarnos de conceptos tan obsoletos como el terruño sentimentalista para crecer como autonomía y hacerle frente al siglo XXI dotados de todo lo que nos hace falta, que es mucho.
 
            Y, mientras tanto, muchos jóvenes se escapan y, por ende, pierden el derecho a ese premio de embajador porque, precisamente, se fueron de la comunidad conscientes de que aquí nada podía ofrecérseles. ¿No debería ser también éste tema de debate para el día de la autonomía? Extremadura mejora, eso está claro, pero también porque nosotros mismos tenemos un concepto erróneo de una Extremadura inferior al resto de España. Nosotros, los extremeños, somos muchas veces los culpables de que esto sea así, de hecho y en potencia. Por eso omitimos el tema, por eso no criticamos lo que nos molesta y preferimos cerrar los ojos ante lo que nos rodea y conformarnos con lo que tenemos porque ya es lo suficientemente bueno, aunque pueda ser mejor.
 
Para dar un paso primero hay que ser consciente de hacia dónde se va y de desde dónde se viene. La autocrítica es un medio de transporte fundamental para poder ir hacia delante. Por eso, para el año que viene, reivindico la medalla al mejor crítico, porque no es más extremeño quien más quiere a su comunidad, sino quien más la conoce.
21st-Jun-2008 11:11 pm - Dos historias (2008)
[CarPa] Too late
Hoy vengo aquí a contarles dos historias: Don Pepe Pérez ha muerto de cáncer, es una triste historia, pero hay finales que son inevitables, mucho más inevitables cuando además el médico llevaba diciéndole desde hacía más de siete meses que, por favor, se tomara la medicación que él mismo le había prescrito. Si hubiera seguido las indicaciones de su médico, se habría evitado la catástrofe. Por eso ahora no tiene ningún sentido que su señora, la actual viuda de don Pepe Pérez, rota de dolor, esté diciendo en su funeral que a don Pepe le ha matado el médico. Cada vez que lo dice, a pesar de que sea comprensible que lo diga fruto del dolor que siente, todo el mundo la reprende. A don Pepe Pérez no le ha matado su médico, ha muerto por no tomar su medicación prescrita. Todo el mundo le dice que si su marido hubiera seguido el tratamiento, si hubiera tomado las medicinas oportunas, ahora mismo no estaría muerto. Y a la actual viuda de don Pepe no le queda más remedio que asentir y asumir la situación. 

Ahora les voy a contar la otra: a Pepito Pérez le ha quedado el francés de Primero de la ESO a final de curso. El profesor llevaba advirtiéndole de este funesto final desde la segunda evaluación, llevaba apuntándole desde entonces en el cuaderno los deberes que tenía que hacer cada día, les dejaba notas de aviso a sus padres, lo hacía todas las semanas. Les indicaba que era preceptivo que el niño estudiara en casa para que pudiera aprobar la asignatura. Les citaba. Les decía que estaba disponible para hablar con ellos pero los padres jamás acudieron. Y a pesar de todas las indicaciones y consejos, Pepito Pérez, al final, no estudió francés y suspendió la asignatura. Y hoy su madre, muy ofendida mientras toma el sol en la piscina, dice mientras se bebe una coca-cola en compañía de sus amigas: "el profesor ha suspendido Francés a mi hijo Pepito". Y todas sus amigas asienten y están de acuerdo.
Desde luego, son dos historias muy tristes.

© Fernando Alcalá Suárez
Publicado en el periódico Extremadura (21.06.2008)

 
25th-May-2008 11:17 am - Cambio climático (2008)
[CarPa]  I'm Not Perfect... So what?
Dicen que la meteorología está cambiando. Yo, la verdad, no tengo la menor idea. A mí se me olvida de un verano para otro el calor que hizo en el anterior y siempre me parece que cada año hace más. Y lo mismo me pasa en invierno, que nunca recuerdo que tuve que ponerme tres capas de camisetas para sobrevivir por la mañana en la calle cuando tengo que volver a hacerlo cada año.

Pero algo tiene que haber de cierto en eso cuando hoy en el telediario he sido testigo de persecuciones racistas en Sudáfrica, de que las autoridades chinas no informan a las víctimas del terremoto de la verdadera situación porque las cadenas locales simplemente no emiten información fidedigna y está prohibido allí ver cadenas extranjeras por estar de luto, de que ha vuelto a haber un atentado contra la paz en el País Vasco, de que todavía recibimos coletazos del monstruo de Amstetten, o de que la ciudad Nápoles se hunde bajo la mierda mientras lo único que se limpia es el lugar por el que va a pasar el presidente o miles de noticias más que me creo incapaz de creer.

Algo tiene que estar cambiando definitivamente. Dicen que las temperaturas extremas afectan al comportamiento y a las ondas cerebrales que emitimos los seres conscientes y creo que voy a empezar a tomármelo en serio después de ser testigo de todo esto y que la noticia de portada sea el recurso que la hermana de la Princesa de Asturias ha interpuesto contra la decisión de la jueza que lleva su caso.

Sin lugar a dudas las temperaturas extremas tienen que estar afectando a nuestro comportamiento. Tiene que ser eso, no puede ser otra cosa. Me resisto a creer que hemos llegado a un nivel tal de impermeabilidad que ya no tengamos criterio para decidir qué es lo que importa y qué es lo que no.

© Fernando Alcalá Suárez
Publicado en el periódico Extremadura (24.05.2008)

 
22nd-May-2008 09:46 am - Basura auditiva (2008)
[Veronica Mars] Business as usual

Últimamente a mis alumnos les ha dado por escuchar desde sus teléfonos móviles (o en sus teléfonos móviles, no lo tengo muy claro) los últimos éxitos que las compañías discográficas han decidido meterles por los ojos (ni siquiera se molestan en metérselo por los oídos, tal y como están las cosas).

Dejando de lado el tema de lo que escuchan o no escuchan mis alumnos, que nunca nos parecerá bien a los de la generación anterior, me resulta increíble que sean capaces de hacerlo a través de sus teléfonos. Les pregunté el otro día si eran conscientes de lo mal que se escuchaba. Ya no que molesten a los que tienen a su alrededor cuando ponen su teléfono móvil a todo volumen en el autobús que les lleva de vuelta a casa o que si lo que escuchan es bueno o malo. No. Les pregunté si eran conscientes de la mala calidad de sonido con la que dichos cacharros emitían la música. Ellos me respondieron que no, que ni siquiera se habían fijado, que ellos lo encendían y punto.

Todo esto me lleva a pensar que esto no es más que una nueva demostración de la sociedad a la que han llegado ellos ahora, la sociedad del “cualquier cosa pero ya”. Ya no me paro a pensar en lo que escuchan o no, sino que me lamento por cómo lo escuchan.

Me apena pensar que ya no disfrutarán sentados en sus casas de la composición musical que sea, disfrutando de cada nota o de cada palabra que sale del cantante de turno en un buen equipo que sepa diferenciar todos y cada uno de los matices, que al fin y al cabo, también de eso trata la música. Todo eso les da igual. De lo que se trata es de escucharlo ya, aquí, ahora y porque sí, dando igual cómo se haga. Han caído de nuevo bajo las redes de la cantidad y se han olvidado de la calidad. Y no hay persona que les haga entender lo contrario. Supongo que es porque tienen el oído atrofiado de tanta interferencia musical. O no.


© Fernando Alcalá Suárez
Publicado en el periódico Extremadura (22.05.2008)

[CarPa] Mask
Suelo ojear el periódico cada día para ver si encuentro inspiración para alguna de mis historias. No se crean, el periódico es la fuente más fidedigna que conozco para nutrirme de esa realidad que todo buen relato tiene que destilar para luego ser transformado y convencer al lector de lo contrario.

A veces encuentras joyas tan brillantes como esa del sacerdote brasileño que, por obtener un récord Guiness, se ató a cien globos de helio, salió volando y nadie lo encontró (porque llegó a la luna y decidió montar allí una colonia) o como aquella de la chica amputada sudafricana que ha logrado una plaza en su equipo para los próximos Juegos Olímpicos (y que acabará ganando a sus competidoras con una clara diferencia) o incluso como esa de la lista WIP del periódico del domingo en la que José Manuel Calderón descubre que uno de los tocayos que tiene y que pululan por el mundo con su propia página web a cuestas resulta ser cantante de bachatas (y le pide al nuestro que deje el baloncesto y le acompañe por América haciéndole los coros).

Otras veces, como unas cuantas en esta semana, encuentras noticias mucho más jugosas que las anteriores, sí, pero que te sientes incapaz de recrear. Por muy interesante que pudiera ser la recreación y la lectura de la historia del monstruo de Amstetten me resultaría incapaz escribirla, meterme en la piel de ese criminal y tratar de buscar sus motivaciones y deseos bajo esa expresión de cara fría, desafiante y, por qué no, terrorífica que todos hemos visto en la foto que se ha publicado en todos los medios.

Por eso hay ocasiones, como la de hoy, en las que es mejor inventarse las historias y dejar las noticias a un lado. Como esa del cacereño que en la clausura de la feria del libro encontró un sobre con tres mil euros y decidió invertirlos en la biblioteca pública. Hay veces en las que, por mucho que la realidad supere a la ficción, es mucho más saludable sumergirse en esta y olvidarse por un momento de que horrores como el de Austria existen, porque hay historias que no deberían ser contadas nunca, sean ciertas o inventadas.

© Fernando Alcalá Suárez
Publicado en el periódico Extremadura (06.05.2008)

6th-May-2008 09:02 am - Qué difícil es ser guapa (2006)
[BTVS] Drama Queen Cordy

En los tiempos que corren, ser guapa no es una bendición como todos creen, es más, tía, yo creo que es algo así como una pesadilla, como si transformaran los Cuarenta Polifónicos en otra cosa, no sé, algo así como Dial Gregoriano. ¡El Canto Gregoriano está tan pasado! Y yo se lo dije, claro que se lo dije. ¿Qué? ¿A quién? Pues eso, tía, que yo le dije al Grimm ese; que yo sabía que era guapa, pero que serlo no era tan bonito como parecía, aunque una, todo sea dicho, esté estupenda pese a su edad. Que ya van para ciento cuatro años. Y yo fui y se lo conté, porque yo soy muy mía para mis cosas y tengo que contarlo todo, ya me conoces.

Entonces resulta que cuando se lo conté, fue y me dijo que seguro que estaría estupenda para el papel, porque cumplía con todos los requisitos. Porque, sí, mira, resulta que cuando yo nací a mis padres les dio por invitar a toda la peña del palacio, que si a las damas, que si a los caballeros y a los condes y a las condesas y a todo el mundo, tía, que digo yo que menos mal que era un bebé porque si llego a ser un poco mayor, yo qué sé, a mí me hubiera dado algo, que aguantar a tanto vejestorio junto hubiera sido el muermazo del Reino y yo ya no estoy para esas historias, que he perdido mucho tiempo.

Y yo se lo conté. ¿Qué? ¿El qué? ¡Jo, tía! Mira que eres corta. ¡Pues mi historia, tía! ¡Mi historia! Lo de cuando invitaron a las hadas a mi bautizo y cada una me hizo un regalo. ¿A santo de qué te crees tú que yo soy tan guapa? A ver si te crees que no ha sido gracias a Dermoestética, el hada rosa. A ver si te crees que esta nariz viene de serie, mona, que mi madre es la nieta de Piruja, que es famosa por su nariz. ¿Te imaginas? ¿Yo? ¿Con la nariz de mi madre? Ni loca, hija, ni loca. Antes muerta que con la nariz de mi madre.

Pues, eso, lo que te iba contando, que le conté todo al Grimm ese, que es muy mono, tía, ¿te habías fijado? Resulta que Madonna, el hada azul, por lo visto me regaló una voz estupenda, y todo iba genial, según me ha contado mi madre, porque todas en el reino envidiaban que le hubiera diseñado el tocado alguien como Florentino, el sastre de palacio y todo lo de mi nacimiento era la comidilla del reino pero, acércate tía, que no quiero que nos escuchen, eso, que, claro, siempre tiene que haber la típica envidiosa que te coge por banda y te amarga la vida y tú ya sabes que aquí en el reino somos todas de mucho parlotear y darle al pico, que nos gusta mucho criticar e inventarnos cosas, así que estaba claro que la fiesta no iba a salirle perfecta a mi madre, ¡cómo para que le saliera! ¿No tienes un chicle? ¿Ni un cigarro? ¡Qué sosa eres, mona!

Bueno, pues nada, que resulta que mi madre no le había dicho a la del torreón izquierdo que yo había nacido. Que sí, tía, la del torreón izquierdo, la que se pone esos tocados tan horteras y tan de la Alta, que estamos en la Baja Edad Media ya, ¿qué se creerá esa que se lleva? Que ya se nos pueden ver los tobillos y todo. Pues eso, a lo que iba, que mi madre no la invitó porque, oye, que yo entiendo que sea tu vecina y tal, pero es que seguro que iba a acabar desluciéndolo todo y, además, a mi madre ella no la invitó cuando redecoró el torreón con los tapices de Bizancio y eso no se perdona tan fácilmente, tía, que ni siquiera le dijo que los había encargado. ¿Tú te crees? ¡De Bizancio!

Ay, que me voy del tema.

Pues la muy zorra acabó presentándose en mi bautizo y todo. Así, como lo oyes. Y la guarra fue y me maldijo, con todas las palabras. Me-mal-di-jo. ¡A mí! Que acababa de nacer y que no le había hecho nada. Claro, que mi madre, ¡ay, mi madre! mi madre se levantó del trono y le dijo que lo retirara. Que eso no se lo decía ni ella ni nadie a su hija. Porque es que mi madre… mi madre es muy suya con las maldiciones, que ya sabes que tuvo que aguantar lo de su nariz desde incluso antes de nacer. Y también lo de la manzana envenenada. Y la otra, dale que dale, que ella no retiraba la maldición.

¿Qué? ¿Que qué maldición era? Pues morirme, hija, morirme, ¿tú te crees? A los dieciséis encima, sin haber podido entrar nunca en un salón de baile ni nada. Total, que la muy guarra dijo que no la retiraba y se fue. Así, sin decir adiós ni nada. Es que las hay que son malas hasta para eso.

Menos mal que había por ahí un hada un poco hortera, a la que no le habían hecho mucho caso, y cambió un poco la maldición. Pero sólo un poco, ¿eh? A ver si te vas a creer que una tía tan hortera iba a solucionarme la vida. ¡Que por lo visto llevaba todavía traje de lino! ¡De lino! O sea, mira, yo no es que tenga algo en contra del lino, pero ¿de lino? Si eso era lo que llevaba mi abuela, por favor, ¡lino! Que estamos en la Baja, ¿es que no van a enterarse nunca? El caso es que el hada del lino dijo que en vez de morirme pues que me dormiría unos cuantos años. Cien para ser exactos. ¡Ala! ¡Chúpate esa, tía! ¡Cien añitos del ala! Que digo yo que podría haber dicho, yo qué sé, por decir un número, pues tres, o cuatro, o cinco años, o hasta que llegara a los veinte. Pero no, la muy tonta tuvo que decir cien, como si en la Baja tuviéramos una esperanza de vida mayor que los treinta. Si es que las hay que son bobas.

Y me dormí, vamos que si me dormí, tía, pero con los ojos cerrados y todo, sin enterarme de nada. Resulta que un día estaba yo por el palacio más ancha que pancha, mirando los trapitos que se había comprado una de mis damas, porque, mira, yo sé que Areúsa es un poco así… así como guarrilla. Que sí, que sí, que tú ya sabes que a mí eso de criticar no me gusta nada, pero es que tenía que decírtelo, hija, tenía que decírtelo, que es muy mala influencia para ti, que no te conviene, que va a la capilla sin llevar toca ni nada, como si fuera del pueblo llano, pero, eso sí, dice mi madre que le traen las telas directamente de Irás y No Volverás, fíjate tú, yo, que soy la princesa, tengo que conformarme con los que me hace Florentino y ella, la muy guarra, se los trae importados. Claro, así es normal que me pinchara. Que serán muy finos los vestidos y todo lo que tú quieras, pero traían más alfileres que espinas tiene una sardina.

¡Ah! ¿Que no lo sabes? La sardina es el pescado de moda desde que don Carnaval dejó a doña Cuaresma. ¿Que no te has enterado? Pero, ¿tú dónde vives, hija? Pues resulta que, el otro día, se encontró mi madre con doña Cuaresma, a la salida del refectorio, y se lo contó. La había dejado por la del zapatito de cristal. Sí, tía, la que empezó limpiando escaleras y luego mira cómo terminó. Porque, es lo que yo digo, algo tiene que haber hecho para acabar de amante de don Carnaval, que el palacio es muy pequeño y aquí nos conocemos todos. ¿Y esos zapatos? Esos zapatos no los venden ni en Siete Leguas. ¿Que no has ido? Siete Leguas, mujer, la zapatería de la calle mayor del Reino. Si es que estás que no te enteras.

Pues nada, lo que te estaba contando, que me das conversación y me voy del tema. Estaba yo en los aposentos de Areúsa, cogí una fábrica de algodón, que era monísima y me pinché. Que no, que no, que no fue con el huso de una rueca, que eso luego se lo ha inventado el Grimm para darle emoción a la cosa después de que yo le diera la exclusiva.

Fue con el alfiler de una fábrica de algodón, pero eso que quede entre nosotras dos, ¿eh? Que yo tengo una reputación que mantener, ya sabes. Que soy la princesa. A ver si alguien se va a enterar de que estaba enredando con telitas de la plebe y se va a liar la cosa. Que una es la princesa y no lleva algodón, aunque sea precioso de la muerte. Porque es que era más bonito, tía…

De lo demás, no me acuerdo mucho, por lo visto sí que estuve durmiendo cien años. Pero conservo el cutis estupendo, oye, le he comprado a la bruja del pueblo un ungüento de baba de caracol y semilla de enebro que va estupendamente. ¡Toca! ¡Toca! A que está terso y suave como el cuello de un cisne. Si es que ya te lo digo yo, que lo que tiene esa bruja es estupendo. ¿Qué? ¿Que cómo desperté? Si yo pensé que ya te lo habrías imaginado…

Pues con mi Yonatan, hija, con mi Yonatan. Resulta que mi Yonatan estaba un día de caza por el bosque al lado del palacio y vio la torre más alta del castillo. Y mira que ya sabes que a mí esto de criticar no me gusta, pero es que mi Yonatan se cree que es como el Juan sin Miedo ese del Juglar Quincenal, y le dio por meterse dentro del bosque con el caballo y todo, y así fue como llegó a la torre más alta del castillo más alto de la región, que es el mío, tía, claro, ¿Qué esperabas? ¿Que fuera el de la idiota del zapatito, la de don Carnaval? Ya le gustaría a esa tener mi castillo, ya le gustaría…

Y, nada, tía, que mi Yonatan me vio ahí dormida, y no pudo evitarlo, que mi Yonatan es muy macho y si te ve desprevenida… ¡ay, lo que pasa cuando te ve desprevenida!, Y el caso es que me besó y ahí fue cuando me desperté.

Le pegué un poco, pero es que, hija, una tiene un despertar muy malo, y encima había estado durmiendo cien años, ¿cómo no iba a tenerlo? Pero luego me calmé y ya te sabes el resto de la historia, que ya sabes que tampoco había mucho dónde elegir, que todos los hombres casaderos del reino ya estaban ocupados y una es la princesa y tiene que dar ejemplo. Además, que mi Yonatan es mi Yonatan y a ver quién se atreve a decir lo contrario, que él es muy macho y muy buen príncipe y me deja hacer todo lo que yo quiera, incluso comer perdices, aunque él les tenga alergia. Oye, ¿y de verdad que no tienes un chicle? ¿Ni un cigarro? ¿No? ¡Pues mira que eres sosa, hija!

© Fernando Alcalá Suárez
Publicado en la revista Y Latina (marzo, 2008)

[CarPa] Annoyed
Hablamos de días lectivos, de planes de refuerzo, de planes de recuperación. Hablamos de padres, hablamos de profesores, hablamos de aulas. Hacemos papeles, los repasamos, los entregamos. Asistimos a clase, intentamos darla lo mejor posible. En casa intentamos ayudar lo que podemos. Hablamos de fracaso, hablamos de informes PISA. Hablamos. Seguimos hablando. Discutimos. Nos calmamos. Dialogamos. Montamos huelgas. Se hacen. O no. Criticamos. Se nos critica. Lanzamos la pelota. Nos la devuelven a nuestro campo. La volvemos a lanzar cuando creemos que es el momento. Se nos vuelve a lanzar. Hablamos de muchos temas, no hacemos otra cosa.

Y digo yo, ya que lo hacemos, ya que hablamos, ya que dialogamos, ¿cuándo vamos a tratar el tema realmente importante? Porque, no nos engañemos, señoras y señores, el tema no es el fracaso escolar, ni los índices tan deplorables de lectura, ni la mala educación, ni siquiera la violencia en las aulas. No. En absoluto, señores, no nos engañemos ni engañemos a los demás.

El tema no es ese, el tema es otro. ¿Cuándo hablaremos de lo que saben, de lo que están aprendiendo nuestros alumnos?

Porque me temo, y no creo dar lugar a equivocación, que ese es el tema que realmente preocupa. No que aprueben o fracasen, al fin y al cabo, nadie les va a preguntar en cuantos años se sacaron los estudios. No por muchos papeles que hagamos ni por muchas más oportunidades que les demos van a saber más. Saber se consigue aprendiendo. Y se aprende estudiando (en clase. En casa).

No nos vengamos a engaño, señores. Nuestros estudiantes no lo hacen. Ni siquiera los universitarios. Ese es el tema que nos ocupa.

© Fernando Alcalá Suárez
Publicado en el periódico Extremadura (18.04.2008)

18th-Apr-2008 12:21 pm - Lo importante y lo urgente (2008)
[CarPa]  I'm Not Perfect... So what?
Desde este momento les permito que me tachen de reaccionario, anti-progresista y provocador. Uno ve demasiado la tele como para sorprenderse de lo mal visto que está opinar de forma diferente. Yo prefiero considerarme políticamente incorrecto, gracias, que está menos de moda.

Después de leer hoy la encuesta aparecida en El Periódico con respecto a la opinión de los extremeños acerca del modelo de estado* me congratula saber que lo que yo pensaba no era solo una opinión mía, de esas que tengo a veces en silencio y sin que nadie me escuche, sino que es una opinión compartida. De la misma manera, que yo comparta opinión con el resto de la gente, me parece altamente preocupante. Pero no para ustedes, sino para mí, así que sigamos con lo nuestro.

La educación va de capa caída (menos mal que tenemos el plan de recuperación. Je. Y el de refuerzo. Doble Je). La cultura ahora se escribe con k. No tenemos ni para pipas, y ni siquiera nos podemos quejar porque tales problemas no existen.

No sé, quizá es que a lo mejor mi idealismo utópico necesita Viagra.

O a lo mejor es que yo hice la EGB y me enseñaron a diferenciar entre lo importante y lo urgente.

*Un 76% de los extremeños encuestados consideraron que el debate sobre el modelo de estado no les interesaba lo más mínimo en estos momentos.

© Fernando Alcalá Suárez
Publicado en el periódico Extremadura (16.04.2008)

28th-Mar-2008 12:37 pmSin título
[Gossip Girl] Secrets
Vacías los días y yo me voy desnudando.
Los dejas inmensos, huecos, pero
limpios blancos, impolutos.
Pasas sobre mí pero no te encuentro.
Me rodeas, te rodeo, no me cubres.
Y yo me desnudo.
Me alejo de ti, pero me acerco.
Busco una salida, pero tropiezo.
Me despojo de ropas, alambres, cuerdas, sogas.
Miro a un lado, a otro.
Sigo sobre ti pero no te siento.
Me sigues, me rodeas.
Te escapas, vuelves cada noche a mi almohada.
Pero te echo, te rechazo,
no te espero.
Me levanto, miro al frente. No es más que mi reflejo en el espejo.
Miro atrás, ya queda menos.
Quedan tu recuerdo, tu brillo, tus entrañas.
Y yo me voy desnudando y 
                no me quedas más que tú, y aun así te echo de menos.
Pero qué más da. Todo es lo mismo.
Ya no queda nada que quitarme y tú sigues aquí,
grabada a fuego.
 
[CarPa] Breath

Entras y no saludas. No miras dónde estoy, no me buscas, no me llamas. Ya no comes en mi mesa. Parloteas y no atiendo. Tu murmullo me aturde, me mutila, me aburre, me adormece. En tus ojos no me veo. Ya no estamos frente a frente. Te contoneas, te levantas, no me gustas. Ya no acaricias mi alma. Yo te miro y no te veo. Eres otra. Eras otra. Y a la vez eres la misma. Mis palabras, vagos ecos que no dicen lo que siento. Si lo hacen, no te enteras, no me sientes, no reparas en mi ausencia. Ahora me miras. Pasas por delante de mí, te persiguen tus caderas, tus tacones, el pintalabios, las medias. Yo no miro. No lo hago. Hace tiempo que no existes. Con un golpe me levanto. Aparto la silla, abandono el plato. Paso a tu lado y me miras expectante. Dices algo. No lo escucho. Me acerco a la puerta, la abro. Miro atrás, te compadezco; acabas de empezar a amarme y me he aburrido de esperarte.

© Fernando Alcalá Suárez

[CarPa] Sometimes We Fall
Mientras todo el mundo, hoy, hablaba de ellos, en los periódicos, las revistas, en la televisión e incluso en el cine, él sabía con la seguridad que le confería ser un experto en la materia que mañana, de quien hablarían sería de él. Estaban en todas partes. A todas horas. De hecho, él mismo había desayunado con ellos por la mañana. No con ellos en persona, por supuesto. No habría soportado mirarles a la cara después de todo. Sino con ellos en la portada de la revista más prestigiosa del momento, la Billboard Magazine.</div>
Se llamaba Dick Rowe, le había sentado mal el desayuno y, en su epitafio, con letras profundamente grabadas en el mármol, pondría “y rechazó la primera maqueta de los Beatles.”
¿Qué le iba a hacer si era un tonto de capirote? Ya se lo decía su madre desde pequeño, cuando le peinaba delante del espejo antes de ir al colegio: “Ponte recto, mete las manos en los bolsillos y no digas nada, nunca digas nada, que luego te parecerás a tu padre y ya sabes que tu padre nunca dice nada bueno y no es más que un tonto de capirote.”
Y él, como buen hijo, con pantalones cortos, calcetines hasta la rodilla, la raya al medio y el pelo engrasado, le hacía caso cuando salía por la puerta cada mañana con la cartera de cuero tras la espalda, y se sentaba en el último pupitre de su colegio de barrio obrero sin abrir la boca. Porque uno siempre les hacía caso a las madres, y la suya era de la opinión de que cuanto menos se le viera, mucho mejor.
Por el contrario, a su padre le encantaba ser el centro de atención y como siempre se esforzaba en repetirle ella, mientras le alisaba las solapas del uniforme y se empeñaba en vencer la fuerza gravitatoria del remolino que se levantaba ufano en su coronilla, sólo había que ver hasta dónde había llegado (era deshollinador y ya no había chimeneas en Londres), para comprobar de qué le había servido abrir la boca cada vez que tenía ocasión y decir lo que opinaba, incluso cuando no opinaba nada.
Dick era un buen hijo y, como tal, soportaba como podía (la primera palabra que buscó en el diccionario fue “estoicismo”, después de habérsela escuchado a su abuela una tarde, mientras hablaba de él tomando el té en la salita rosa) las diferencias dialécticas que, día sí, día también, se establecían entre sus padres. La una, que no hablara. El otro, que hablara siempre y en todo lugar. La una, que no se le ocurriera salirse de la fila. El otro, que ni entrara en ella. La una, que le hiciera caso. El otro, que no se lo hiciera a nadie.
El pobre Dick no sabía a qué atenerse, vapuleado como una pelota de ping-pong en medio de un campo en el que él era premio y arma arrojadiza, y respondía de la única manera en que podía responder: No haciendo nada o, mejor dicho, dejándoselo hacer todo.
Tenía nueve años la primera vez que se desvió del camino marcado por su madre. En su asiento de la fila de atrás miraba al infinito, asentía cuando los demás asentían y negaba cuando todos lo hacían. La profesora, con su falda a cuadros escoceses y su chaqueta de pata de gallo, cantaba loores y vítores al anteriormente conocido Gran Imperio Británico.
Nadie lo había notado salvo él. Que fuera el único en hacerlo no era algo sorprendente. Al fin y al cabo, estaba tan acostumbrado a ver, oír y callar que se daba cuenta de todo. Miraba al frente con expectación mientras notaba cómo se le aceleraba el corazón y se le agudizaban los sentidos. Eso también era normal. Años más tarde lo conocería como el Momento del Conflicto.
Normalmente comenzaba con un episodio de sudoración extrema. Sentía cómo le comenzaba a sobrar la ropa y cómo la humedad se apoderaba de todo su cuerpo, cosa que le hacía sentir realmente incómodo. Él intentaba controlarla como podía (la incomodidad, de la sudoración ni se encargaba. Sabía que su control estaba más allá de sus posibilidades) y se retorcía en su asiento con su aprendida flema británica, mientras intentaba disimular los molestos espasmos que más adelante le llevarían hacia el nefasto y difícil camino de todos aquellos a los que les pusieron un mote durante la infancia. El suyo fue Tic y, según le comentó su madre al autor de estas memorias varios años después, ella pensaba que estaba muy bien elegido.
El segundo paso del Momento del Conflicto era la hiperventilación. En aquellos años, él ni siquiera sabía que existía un nombre tal para aquello que le pasaba en los pulmones, pero estaba seguro de que, de haberlo tenido, seguramente fuera uno tan largo y difícil de pronunciar como el que, al final, había acabado teniendo. Sentía que sus pulmones se arrugaban como papel mojado y que no dejaban pasar el aire. O que pasaban demasiado. No estaba seguro. Lo único que sabía era que él no podía respirar. Que junto a los aspavientos que hacía con los brazos, su pecho se hinchaba y se deshinchaba con la velocidad del traqueteo del tren rumbo a Manchester, que sus labios se fruncían en un enfado perpetuo y que él, seguramente, fuera a morirse de un momento a otro. No era real (la sensación de muerte, no la hiperventilación). Su padre se lo dijo un día bajo una chimenea, durante un momento incómodo de confesiones padre e hijo, pero Dick nunca le creyó. Al fin y al cabo, su padre era un tonto de capirote, como le decía siempre su madre.
Finalmente, el Momento del Conflicto terminaba con una tercera fase. La imprevisible, la sorpresiva, la inverosímil, la que, en definitiva, acabaría llevando a Dick hacia la hecatombe. Cuando el Momento del Conflicto comenzaba, Dick estaba condenado a sufrirlo y no sabría sus consecuencias hasta el final.
Aquella vez no las sabía tampoco. No era experto en sufrirlo todavía, ni siquiera estaba seguro de lo que su cuerpo estaba experimentando. Sólo era consciente de que sudaba como un pollo albino de los que criaban en la India durante la época del Imperio, de que los pantalones de espiga le picaban como nada que hubiera conocido antes, que sus bronquios roncaban como su padre por las noches, y de que a la profesora se le estaba a punto de caer la estantería encima.
Ahí era nada.
Dick notó, físicamente sintió, cómo se le encogía el corazón, cómo su cerebro estallaba en mil pedazos y cómo su voz resonaba por toda la clase. Se levantó, tiró incluso los cuadernos y el tintero de la mesa en el proceso (también se manchó de tinta y su madre tuvo aquel día dos motivos para darle un azote: la mancha y la desobediencia), se sujetó al pupitre con toda la fuerza de la que era capaz y gritó. Gritó como nunca lo había hecho:
¾¡Profesora, la estantería!
Tres palabras. Fueron tan sólo tres palabras, pero esas tres palabras le cambiaron la vida. Se había salido de la línea, había desobedecido a su madre y ya no volvería a ser el mismo. Él lo sabía, estaba seguro, no cabía duda. Lo entrevió cuando la estantería cayó a la derecha de la profesora, apenas sin rozarle, con un estruendo digno de las campanadas del Big Ben a las doce. Lo intuyó cuando la profesora, con lágrimas en los ojos, caminó dando zancadas hasta la última fila, hacia él, y le cogió en brazos agradeciéndole que le hubiera salvado la vida. Y fue plenamente consciente de ello cuando, entre vítores, sus compañeros de clase le alzaron mientras salían del aula agradeciéndole no que hubiera salvado a la profesora sino que, gracias a él, les habían dado el resto del día libre y podían salir a jugar al patio de recreo.
Aquella noche no le importó dormir con la marca de la mano de su madre en el trasero. Este niño nos ha salido a su padre. Aquella noche no le importó haber sido castigado sin postre. Los niños que no obedecen a su madre, no se lo merecen. Aquella noche no le importó tener que hacer los deberes. Seguro que mañana hasta saldrá voluntario a decirle la lección a la profesora. Aquella noche no le importó básicamente nada porque su vida había cambiado. Lo que contaba era el mañana.
Después de aquello, en la vida de Dick puede decirse que ha habido tres grandes Momentos del Conflicto. El primero de ellos no llegó hasta la secundaria. Tenía quince años y las hormonas se habían apoderado tanto de su cuerpo como de su mente. Por eso, quizá, no lo vio venir. Días después se recordó a sí mismo sudando, hiperventilando y besando a Sally Anne Perks sin decirle hola siquiera, a la salida de clase, en el camino de vuelta a casa, tras apostar una libra a que lo hacía. Definitivamente, aquél había sido otro Momento del Conflicto y, de nuevo, había cambiado su vida.
Meses más tarde, su equipo de fútbol, los Country Owls, empataba con el equipo de la escuela vecina y quedaba un minuto de partido. Tampoco lo vio venir, estaba demasiado concentrado dándole patadas al balón. Levantó la vista y allí estaba: La portería. Desprotegida. Sola. Aumentó la velocidad y, con mucha intención, lanzó el balón a sus entrañas. No hacía falta analizar lo que estaba sintiendo. Estaba seguro. Era otro de sus momentos y acababa de meter el gol de la victoria. Él era Dick Rowe, señoras y señores, y además, el héroe de la jornada.
Sin embargo, no fue hasta el tercer gran Momento del Conflicto cuando su vida quedó profundamente marcada. Trabajaba como asistente de producción en una importante compañía discográfica londinense y era un hombre de éxito. Por aquel entonces pensaba que tenía un don, que era un privilegiado que tenía algo de lo que los demás carecían.
Con el paso del tiempo, había aprendido a controlarlo. Cerraba los ojos, se concentraba, y comenzaba uno de sus momentos. Atrás habían quedado los sermones de su madre. Que si aquella costumbre suya le iba a traer dolores de cabeza, que si no intentara imitar a su padre nunca más; que tuviera en cuenta qué le había pasado cuando se le cayó aquella teja encima y le mató, que seguramente le pasó por estar hablando de tonterías y no concentrado en lo que ocurría a su alrededor; que si era mejor hacer lo que los demás decían, que echara un vistazo a lo bien que le había ido a ella, que tenía de todo gracias al seguro de defunción de su padre…
Él la escuchaba con atención. Después de todo, era su madre y habían sido muchos años escuchando; por mucho que ahora siguiera sus instintos, no dudaba de lo bien intencionadas que eran sus palabras. Sin embargo, una cosa era escuchar y asentir (que era lo que ella le decía que hiciera) y otra muy diferente llevarlo a la práctica. Era Dick Rowe, asistente musical, un experto en reconocer el talento. Sólo había que remitirse a las pruebas.
Aquel día había ido a trabajar como cualquier otro. Se sentó en la mesa de su despacho, se sirvió un té, cruzó los dedos de ambas manos en actitud relajada, cerró los ojos, dio un sorbo de la taza, respiró profundamente, escuchó cómo lo hacía y supo que estaba preparado. Llamó a su ayudante y le indicó que le entregara el material para las audiciones. Él las puso encima de la mesa. Como en un ritual, Dick abría los paquetes de papel de estraza en los que cada cinta estaba envuelta y las miraba con atención, colocándolas en fila sobre la mesa, eligiendo cuidadosamente el orden en el que las escucharía. A veces las organizaba de forma alfabética. Otras, simplemente lo hacía dependiendo de cómo le habían llegado. No importaba el cómo, lo realmente importante era que lo hiciera. Formaba parte de su Momento. Una vez que se sentía preparado, introducía la primera en el reproductor y pulsaba el botón. A continuación, la cinta comenzaba a sonar.
Escuchaba con los ojos cerrados, concentrado, bebiendo té, atento a cualquier señal de su cuerpo que le indicara que estaba en uno de sus momentos, consciente de que, con sus palabras, podría cambiar muchas cosas.
Y lo hizo, efectivamente, aquel día lo hizo.
Cuando terminó de escuchar la primera, comenzó a sudar. No le importaba, ya conocía aquello. Después, mientras la escuchaba por segunda vez, su respiración se entrecortó. Estaba yendo, estaba en el camino. Finalmente, la obtuvo; aquella impresión de plenitud que tiene el que cree saberlo todo. Ya estaba, se había decidido. Había tenido su Momento. Levantó el teléfono y sus palabras fueron claras cuando le habló a su ayudante:
¾Los grupos de guitarra están ya pasados de moda, señor Epstein.
Meses más tarde, aquella cinta rechazada se convirtió en el fenómeno musical más importante del siglo veinte y Dick Rowe miró estupefacto la portada de la revista que lo confirmaba. Era por la mañana, había desayunado tostadas con jalea real y un zumo de naranja, pero su estómago se negaba a aceptarlo. Llamó por teléfono a su madre. Seguramente, en este momento de emergencia, ella tendría alguna solución que le hiciera salir airoso. Si es que ya se lo decía ella, era mucho mejor no pasar a la historia de ninguna manera que ser recordado como un tonto de capirote. Tendría que haberle hecho caso: Pensar estaba sobreestimado.


© Fernando Alcalá Suárez
Relato ganador del primer premio del VII Certamen Cultural Jóvenes Artistas - Cáceres IMJ

31st-Oct-2007 11:58 am - Mejor prevenir que curar (2007)
[Varios] Bibliophile
En respuesta a esta noticia:

Soy un profesor de Educación de Secundaria que, desde aquí, querría levantar la voz como docente y apoyar a mis compañeros docentes con respecto a las agresiones (algunas tan simples que ni siquiera nosotros somos conscientes de ellas) que casi todos sufrimos con mayor o menor frecuencia. Pienso que es momento de unirnos todos, maestros, profesores, funcionarios, interinos, padres, tutores... todos.

Comprendo perfectamente todos los atenuantes del caso de la agresión en el IES Norba Caesarina, en Cáceres, la problemática del alumno y que final y afortunadamente no sucedió nada. Sin embargo, eso no quita el hecho de que haya ocurrido, de que mañana me puede pasar a mí o que le puede pasar la semana que viene a cualquiera de nuestros compañeros.

Parto de la base de que nadie es agresivo porque sí, de que todos somos personas, seres humanos y, como tales, ese es nuestro principal atenuante: no somos perfectos, cada uno tiene su circunstancia y muy seguramente este hecho es un hecho aislado en un centro en el que, como se dice en la prensa, no existen problemas de disciplina.

Y sin embargo ha ocurrido. A un docente. En un aula.

Ha habido un docente que ha sido agredido pero afortunadamente no ha pasado nada. ¿Por qué hay que esperar a que pase algo? ¿Por qué no hay que hacer algo ahora? Siempre he pensado que es mejor prevenir que curar y, precisamente por nuestra profesión de docentes, nos estamos encargando a través de la educación de niños y adolescentes de esa previsión de futuros problemas en la sociedad a través de la Educación.

¿Por qué curar? Está en nuestra propia labor profesional el prevenir. Preveamos. Evitemos. Hablemos. Razonemos. Dialoguemos. Solucionemos. Pero no le quitemos la importancia que tiene.

Apoyémonos. Apoyadnos.

© Fernando Alcalá Suárez
Publicado en el periódico Extremadura (31.10.2007)

22nd-Oct-2007 06:58 pm - Amor descabellado (2007)
[Gyllenhaalism] Maggie Gyllenhaal: mi es

Cierra los ojos y se acomoda. Sonríe, lleva esperando mucho tiempo para hacerlo. Siente cerca sus caderas. Las nota, las siente. El roce de su falda contra su mano estratégicamente colocada. Ella se acerca. Le habla. Él asiente. No le importa lo que dice. Hace un chiste. Ella ríe. Mereció la pena el ensayo. Mira al frente, ahí están ambos. Le gusta como quedan en el cuadro. Debería ser así siempre. Ella empieza, él se deja. Siempre lo hace, es lo que toca. Le dice que tranquilo, que no va a hacerle daño. Él sonríe, está tenso, se lo nota. Es que ella está muy cerca. Toma aire, parpadea. Cierra los ojos, suspira. Agacha la cabeza. Ella susurra, canturrea. Él se alegra. Le acaricia el cuello con sus manos, siente sus dedos finos, largos, manicura francesa de perfil inmaculado. El corazón le late, lo hace siempre, pero ahora con más fuerza. Se le seca la boca, se le hincha el pecho, parece que el aire no le entra. Un escalofrío le recorre la espalda. Ella ríe, le toca. Ahora palpa sus orejas, después la quijada, la cara, le acaricia también la frente. Él se deja. No se mueve, porque es ella la que manda. No se ven muy a menudo, pero él ya la conoce. Sabe lo que le gusta que le haga; así pues, no dice nada. Se relame, tap tap, y ahora le toca. En su nuca, con latidos, unos golpes bienhallados y el júbilo en su pecho. Y en otras partes. Se sonroja. Él no sabe si lo nota. Ella canta. Él sonríe. Siente que su masculinidad explota y ella sigue con sus manos, le roza, le perfila, le adereza, le acosa. Él no puede. Se levanta. Ella le coloca, dice que aún no ha terminado. Él se deja, ya le ha dicho, hoy es ella la que manda; pero ella no sabe, ni lo nota y él no quiere que lo haga. Está nervioso, se acomoda, cruza las piernas, se moja. Es su hombría, que ha estallado. Él sonríe, disimula, pero ella sigue retocando. Se muerde el labio, no está conforme. Siente que le está torturando. Se arrepiente, se levanta. Ella dice que ya está, que ha terminado, que son doce con cincuenta. Él la mira, le paga, sale huyendo por la puerta. Se reprende; una vez más la ha fastidiado, Pero es su placer, su santuario. Y no debe, eso lo sabe y aún así no puede evitarlo. Pero sólo ocurre una vez, una vez cada mes y medio. Lo justo, aunque unas veces más y otras menos. Depende del dinero. Se mira al espejo, se atusa el pelo, la recuerda, todavía huele a ella, se encoge de hombros, frunce el ceño, se maldice y se despeina. Nunca debió haberse enamorado de la peluquera



© Fernando Alcalá Suárez

14th-Oct-2007 11:07 am - Donde pertenezco (2007)
[CarPa] I Want More

Verónica atraviesa un país entero en su coche en menos de un día sólo para coger una habitación de hotel y mandarle un mensaje. Samuel aparece en la habitación en media hora. Cinco minutos después, la ha besado contra la puerta. Tras diez minutos le ha quitado la camiseta de “Las Chicas Malas van al verdadero Paraíso” con los dientes. Quince minutos y su falda ha volado, sus piernas cruzadas contra las caderas de Samuel y su boca tensa sobre sus labios, pidiendo más. Mucho, mucho más. Su chaqueta de cuero sigue puesta después de quince minutos y medio pero él se las ha apañado para bajarse los pantalones. Entonces han pasado veinte minutos y Verónica contiene un sollozo al anteponerse a lo que ocurrirá en el minuto siguiente, cuando le siente a punto de entrar. Y ya no sabe cómo calcular el tiempo, si en minutos, pulsaciones o acometidas, y son tan profundas que no podría ni contarlas; sólo desea en la oreja de Samuel que sigan para siempre. Y lo hace. Y lo mismo hace Samuel, gimiendo contra su boca, casi gritando cuando Verónica le clava las uñas en la espalda y cree que no puede aguantarse más y todo se vuelve sudoroso y caliente e indescriptible y húmedo y ambos sienten que esto es lo que tiene que ser y no puede ser de otra manera después de vestirse de nuevo, darse un beso de despedida y coger cada uno de nuevo el coche que le lleve a donde pertenece, sólo que no.



© Fernando Alcalá Suárez

[Varios] Bibliophile
1. A veces me gusta mentir y decir que escribo desde siempre. No es verdad, siempre es una cantidad de tiempo enorme. Sin embargo, siempre es la cantidad de tiempo que quiero escribir y la cantidad de tiempo que quiero que dure lo que escriba.

2. A veces simplemente no me gusta ser yo y prefiero ser otros.

3. A veces me gusta imaginar que escribo y no me doy cuenta de que sólo con eso ya estoy escribiendo.

4. A veces, eso es suficiente.

5. A veces escribo porque no hay nada mejor que hacer.

6. A veces escribo porque eso es precisamente lo mejor.

7. A veces pienso que la vida es muy corta. Por eso también escribo, para que la mía no lo sea.

8. A veces no tengo ganas de hacerlo. Son las veces que más lo necesito.

9. A veces siento que pierdo el tiempo, que no sirve para nada lo que hago, que no lo hago bien, que no tiene sentido. Casualmente, esas veces, cuando dejo de hacerlo, nada más lo tiene.

10. A veces, sólo escribiendo, lo recupero. El sentido.

© Fernando Alcalá Suárez

3rd-Sep-2007 02:50 pm - Catastrófico (2007)
[Varios] Don&#39;t Panic!

No supo contenerse. Había llegado el momento. Miró a un lado, a otro. No había escapatoria, no cabía una vuelta atrás. Tragó saliva y miró al frente. El panorama era desolador. Contuvo la respiración, como si en ese proceso pudiera evitar lo que se le venía encima. Fue un esfuerzo inútil. El alud de sensaciones era completa y rotundamente inevitable. Se inclinó hacia delante y sintió cómo la sacudida de angustia crecía. Sus pulmones se llenaban al unísono. No le importaba de qué se llenaran, porque estaba convencida de que se vaciarían de un momento a otro en un fatídico desenlace. Quiso gritar, pero no pudo hacerlo. Había algo en su garganta que se lo impedía. Sin embargo, al intentarlo, su boca se abrió en un espasmo y, casi al mismo tiempo, se echó hacia atrás. No tendría que esperar mucho más para sentir un picor desagradable, para notar que se encogían los conductos de su nariz como si fueran papel mojado, cómo se le tensaban los músculos y finalmente daba con su cabeza en la pared que tenía detrás. Ya estaba, ya había ocurrido. Había vuelto a estornudar mientras hablaba en público y no se había traído los pañuelos: Una catástrofe.

© Fernando Alcalá Suárez
Publicado en A contrarreloj. Editorial Hipálage (Septiembre 2007).

7th-Aug-2007 03:23 pm - Una historia más (2006)
[CarPa] One of those days

Aquel lunes de marzo había quedado contigo, como siempre. Llevaba puesta la bufanda azul porque sabía que te gustaba y no me importaba que hiciera demasiado calor. Te gustaba. Cuando llegué, ya estabas allí y me pareció extraño. Tú nunca habías sido puntual y siempre había sido yo quien te esperara. Como siempre también. No tardaste mucho tiempo en decírmelo. Ni siquiera me dejaste darte un beso. Lo hiciste rápido, para que no doliera (dolía igualmente), muy a tu manera, en la calle, de pie. Después dijiste que me llamarías algún día y te fuiste. Recuerdo que cruzaste en rojo. Todo cambió en mi vida aquel lunes de marzo. Me dijiste que ya no me querías y yo descubrí que esas cosas podían pasar, que tú y yo no éramos una excepción a la regla y que nuestra historia era una más al lado de otras. Como esta que te cuento ahora. Una más. Me apreté la bufanda al cuello, hacía más frío del que creía.

© Fernando Alcalá Suárez

15th-Jul-2007 05:30 pm - Suicidio literario (2007)
[CarPa] Sometimes We Fall

Cuando miró por la ventana y vio que no pasaba nadie, puso un pie sobre el alféizar. El viento azotaba su cara y supo que había llegado el momento. No más humillaciones, no más sufrir. Había tocado fondo. Ese era su límite y lo iba a hacer, no iba a esperar más. Puso el otro pie, cerró los ojos y gritó. Afortunadamente, la calle seguía desierta cuando el enorme primer volumen de su novela inconclusa dio con sus páginas en el suelo. Era el final perfecto.

© Fernando Alcalá Suárez
Publicado en el número 4 de la Revista Oniria (Julio 2007)

11th-Jul-2007 06:37 pm - De la vieja escuela (2007)
[ER] Ray/Neela OTP

Me gusta que te sepas la lección sin que yo te la pregunte. Llegar a casa y que tengas hechos los deberes, que no busques el sobresaliente si no te lo mereces, y que escribas mi nombre en la piel de tu cuaderno, despacito y buena letra, sin descansar de mí ni en el recreo. Que me traigas una manzana a la mesa cada vez que te apetece, escuchar tu lista de valles y abismos y que después me des la clase práctica. Me gusta que me riñas si crees que lo merezco y que me levantes los castigos, sin creerte al completo mis promesas. Me gusta saber que te enseño, y a la vez saber que tú me aprendes. Que estamos todavía en el colegio y no tener tan claro quién soy yo, si tu alumno o tu maestro.

© Fernando Alcalá Suárez

5th-Jul-2007 05:03 pm - La mejor medicina (2007)
[CarPa] So Lost Without You

Se quitó las gafas y se masajeó el puente de la nariz. Estaba cansado. Mucho. No había podido dormir en toda la noche, pensando en lo que le había dicho. Se levantó como un autómata y se sirvió un vaso de agua. Estaba fría. Después se quitó la bata blanca y volvió a sentarse tras la mesa de su despacho. Iba contrarreloj. Era su última oportunidad y no lo había descubierto todavía. Llevaba más de veinticuatro horas en vela y aún no había podido descubrir la composición del medicamento. Estaba seguro de que tendría que estar allí, con él, por algún lado, y que él debía conocerla. Al fin y al cabo, llevaba utilizándolo mucho tiempo. Algo parecido le pasaba con la acción del mismo. No era posible que se le hubiera olvidado. A él. Al doctor Robles, de reconocido prestigio, de fama internacional. No era posible que no recordara cuáles eran las acciones de tal remedio. Conocía sus indicaciones (fundamental en la vida del paciente), no dudaba acerca de la posología (siempre que se estimara oportuno), conocía de primera mano las contraindicaciones (podía llegar a ser muy doloroso) y las precauciones (nunca administrar dos a la vez), porque podía interactuar con otros medicamentos y, sobre todo, tener severos efectos secundarios. No comprendía por qué. A qué se debía encontrarse ante tal situación en esos momentos. Volvió a ponerse las gafas y se apoyó en la ventana. Estaba amaneciendo. Suspiró y se dio la vuelta para buscar por la estantería algo que le diera alguna pista. No pudo encontrarlo. A decir verdad, no sabía qué buscar. Había tantos ingredientes, tantas cantidades, que le era imposible conocer cómo o en qué cantidad aplicarlo y, sobre todo, cuándo había dejado de hacer uso de él. ¿Cómo era que su cuerpo se había hecho inmune a la medicación? ¿Fue el día que tomó diferentes dosis? ¿Fue el día en que descubrió que aquello había sido un error? No lo sabía. No tenía nada claro. No le quedaba más remedio que admitir la derrota y asumir que hacía tanto tiempo que no se refugiaba en los brazos de su esposa que incluso había olvidado la presentación del medicamento. Era incapaz comprender cómo, en menos de dos horas, la medicación dejaría de hacer su efecto definitivamente y él habría firmado los papeles de su divorcio. Siempre había escuchado que el amor ra la mejor medicina, pero él, el prestigioso doctor Robles, se había olvidado de recetársela a sí mismo. Y ya no sabía cómo conseguirla de nuevo.

© Fernando Alcalá Suárez

This page was loaded May 25th 2018, 1:28 am GMT.